Desde chica
siempre me pregunté porque sólo tenía un abuelo y si tenía dos abuelas, ¿Dónde
estaba el papá de mi mamá? ¿Por qué cuando yo preguntaba sobre él siempre me decían que yo lo había conocido?
Con el paso
del tiempo crecí y me contaron la fría verdad, él había muerto cuando yo era
una nenita de dos años ¿Por qué se tuvo que morir mientras yo aún no podía
guardar su recuerdo? ¿No podía esperar un poco?
Mi hermana
mayor siempre me contaba lo bueno que era, como la dejaba saltar en su cama y
después mirar la tele sobre sus piernas ¿Por qué no pudo esperarme? Son preguntas
que nunca voy a poder resolver. Pero igual, aunque no lo recuerde, siempre voy
a poder mirar una foto suya y pensar: “Abuelo Pelusa, no sabés cuanto te quiero”.
Me despierto
temprano, acabo de soñar con él, con su sonrisa inmóvil impresa en papel. Voy
al baño, me lavo la cara para despertar mis ojos. Voy a la cocina, no hay nadie
allí, mi papá se fue a trabajar y mi mamá y hermana aún duermen. Llevo la tarea
que tenía pendiente sobre la mesa, la hago sin prestar mucha atención. Me duele
la cabeza y el centro del pecho, me falta el aire, dejo la lapicera apoyada
sobre la mesa, el dolor es insoportable, me llevo mis manos a mi pecho y
presiono para alivianar el dolor. Pero es imposible, el aire ya no existe en
mis pulmones y la cabeza se me incendia del dolor, no siento mi corazón, dejo
de respirar, el dolor se va.
Ya no tengo
sueño ni dolor, estoy en el aire, flotando como una pluma en el viento sin
sentir que haya una gravedad que me empuje. Miro a mi alrededor, estoy subiendo
hacia el cielo, debajo mío veo Argentina, preciosa Argentina, las nubes ya me
rodean, me acerco a una, y esperando que se haga agua al tocar mi piel paso la
mano con fuerza sobre ella. Pero lo que sucede es hermoso, la nube se tiñe de
un color rosa pálido, como dolida por mi golpe. Me acerco más y abrazo su suave
textura, una calidez inmensa me llena. Miro mi cuerpo esperando ver mi pijama
celeste lleno de pedazos de nube, pero la ropa ya no está allí, lo único que
cubre mi cuerpo es un vestido blanco.
Una idea cruza mi cabeza y miro a mi espalda, dos grandes alas nacen en mis
omóplatos y se extienden a un metro y medio de mí.
-¿Agaí o Magalí?
¿Cómo debo llamarte?- me doy vuelta buscando a la persona que habló.
-¿Abuelo?-
lo veo ahí sentado, sobre la nube rosada, sonriéndome, como siempre soñé.
-Hola
chiquitita ¿Qué haces acá?- me saluda. Vuelo apurada a sus brazos y lloro en su
hombro.
Le cuento lo
que me pasó y me mira sorprendido.
-Vos no
tendrías que estar acá, todavía sos muy jovencita.
-Pero si yo
no me tenía que ir todavía ¿Por qué vos sí cuando yo era chiquita? ¿Por qué no
te quedaste un poco más para que yo pudiera recordarte?
-Porque ya
era mi momento, ya estaba muy enfermo. Y si me ibas a recordar ibas a hacerlo con
una imagen mía arruinada, por eso me dejé ir, preferí que tuvieras una linda
imagen mía para recordarme por siempre, mi nietita chiquita.- me abrazo más
fuerte a su cuello y lloro desconsolada.-Escuchame un poquito, tenés que volver
a tu cuerpo, esto que te pasó no lo vas a olvidar nunca.
-Abu, no
sabes cuánto te quiero- lo miro a sus ojos profundos.
-Yo también
te quiero mucho, chau mi nietita, besos a mi hija, a tu hermana, tus primos y
tu tío. Deciles que yo los cuido siempre desde acá.- asiento con la cabeza como
respuesta, las lágrimas aún ruedan por mis mejillas. Me empiezo a alejar de la
nube, una luz blanca cegadora aparece entre él y yo.
Ya no estoy
volando, siento algo detrás de mí, estoy acostada sobre un suelo frío, ya no
hay nubes a mi alrededor, la luz enceguecedora ya desapareció. Abro los ojos,
estoy tirada en el suelo de la cocina, con lágrimas en los ojos, el cuerpo
adolorido, pero sonriendo. Porque lo vi, porque pude hablar con él.
Sonrío con
el corazón.
(Abril 2005)
